Tengo una nueva pertenencia. Un
termo de color morado. Mi abuelo me lo regaló porque no quiere ser despertado
por el nieto insolente que se mete a su piso por las madrugadas para echarse
combustible: una taza de café.
Alejado de la jarana en esta
extraña tranquilidad de invierno, he reemplazado las noches bohemias por la
lectura a luz de lámpara y los rituales de escritura. Pero estas actividades
serían imposibles sin el soporte de mi queridísima taza PUCP, de aluminio y
plástico azul. Y del café, obvio.
La taza llegó a mi posesión el
año pasado, los primeros días de Noviembre.
Desde que la vi me enamoré de ella, la chica con la que salía también se sintió afectada por la belleza desdeñosa del objeto: me pidió que se la regale. Ahora no sé si porque le gustaba la tacita o porque se sentía celosa de ella, augurando los días que pasaría en compañía suya. Digamos que acertó: ya no salgo con esa chica y la relación con mi taza de café se ha intensificado.
Desde que la vi me enamoré de ella, la chica con la que salía también se sintió afectada por la belleza desdeñosa del objeto: me pidió que se la regale. Ahora no sé si porque le gustaba la tacita o porque se sentía celosa de ella, augurando los días que pasaría en compañía suya. Digamos que acertó: ya no salgo con esa chica y la relación con mi taza de café se ha intensificado.
Vivo con mi madre y con mi
hermana menor. Pero afirmo que paso más tiempo con mi taza. Es curioso cómo
algunos objetos llegan a formar parte de nuestras vidas, haciéndose acreedores
de todo nuestro cariño, aunque pueda sonar medio frívolo o carente de inteligencia decir que quiero a mi
taza o que amo a mi televisor –desconfiaría de quienes sugieran lo último-.
Recuerdo una anécdota de infancia, que no se cansa de referir mi abuelo cada vez que soy el tema de conversación. Corría la primera mitad de los años noventa, cuando un servidor, todavía más flaco y más pálido que hoy, hizo un berrinche de los mil demonios porque habían roto, por fin, después de decenas de cocidas, sus mediecitas. Las mediecitas en cuestión eran un par de calcetines con dibujos de Popeye, programa animado que veía todas las tardes con mi leche y galletas animalitos. Mi abuelo justificó el haber rotosalvajemente
mis medias favoritas porque había llegado al punto en que daban pena. Desde entonces, mantengo la costumbre de encariñarme
con ciertos objetos que considero parte de mí.
Recuerdo una anécdota de infancia, que no se cansa de referir mi abuelo cada vez que soy el tema de conversación. Corría la primera mitad de los años noventa, cuando un servidor, todavía más flaco y más pálido que hoy, hizo un berrinche de los mil demonios porque habían roto, por fin, después de decenas de cocidas, sus mediecitas. Las mediecitas en cuestión eran un par de calcetines con dibujos de Popeye, programa animado que veía todas las tardes con mi leche y galletas animalitos. Mi abuelo justificó el haber roto
Hace algunos años, la tía de
Estados Unidos me envió un juego de pijama azul. Pero me gustaba tanto la
polera que no la usaba para dormir, sino para salir a la calle, hasta para las
fiestas. Mi padre me recriminó la falta de consideración que tenía por mí mismo
al vestirme así.
-¿Qué te pasa? –me interpeló-. Ni
que no tuvieras otra ropa.
Le tenía cariño a la polera.
Tengo un vecino que, desde hace
más de quince años –tal vez desde mucho antes, pero yo dejo testimonio a partir
del momento en que me percaté de su curiosa existencia-, viste a diario una
camisa negra, no sé si la misma, pero nunca lo he visto con otra cosa cubriendo
su torso. Puede que digan lo mismo de mí: ¿ese pata no tiene otros pantalones
aparte de esos jeans rotos?
¿Quién no conoce a una abuela con
preferencias por sus ollas? Mi bisabuela, hoy en otra vida, no podía comer si
no lo hacía con su gran tenedor, uno que se diferenciaba del resto de
utensilios por su prominente tamaño. Muchas veces se lo escondí antes del almuerzo sólo por la
satisfacción de verla desconcertada en su búsqueda; el jueguito terminaba
cuando se daba cuenta de que yo tenía algo que ver con la desaparición,
entonces me dirigía una mirada furiosa y me preguntaba:
-¿Dónde está?
Por el abuso de consumo de ciertos
humanos, quienes compran cada vez que hay ofertas aunque no sea necesario, los artefactos se han vuelto
fríos a los ojos. Pero es innegable la compañía que nos hacen en el espacio,
imagínense su sala vacía: sin muebles, sin el módulo para el televisor, sin la
mesita con el florero. Qué desgracia.
También hay objetos que se hacen célebres por diferenciarse por feeling de sus hermanos de madre industrial, como los famosos lentes de The Client de Enrique Tataje. El reloj pasado de generación en generación, el Nokia inmortal, la pipa peculiar, el encendedor de color llamativo pasado de mano en mano y de bar en bar, etc...
También hay objetos que se hacen célebres por diferenciarse por feeling de sus hermanos de madre industrial, como los famosos lentes de The Client de Enrique Tataje. El reloj pasado de generación en generación, el Nokia inmortal, la pipa peculiar, el encendedor de color llamativo pasado de mano en mano y de bar en bar, etc...
Aparte de las funciones específicas que cumplen, creo
que las cosas nos hacen sentir menos
solos. Son como mascotas.
De repente la soledad, o una
incierta necesidad de amar o de
expresar y sentir afecto, nos hace querer a la tecnología. En la película Her, un hombre se enamora de su sistema
operativo. Es válido añadir que involucrarte en una relación con un objeto tiene sus ventajas: no dramatizan como las mujeres ni se embriagan comos los hombres.
Charles Bukowski tiene un cuento
llamado Amor por 17, 50$, que narra la historia de Robert, un sujeto que se
enamora del maniquí de una tienda. Robert compra el maniquí y lo bautiza como Stella. Un fragmento:
“Robert aparcó el coche en la manzana
siguiente y volvió andando hasta la tienda. Se paró en la puerta, entre los
montones de periódicos, y la miró. Incluso sus ojos parecían reales, y la boca
era muy atrayente, haciendo como un pucherito.
Entró al interior y se puso a mirar los discos. Ahora estaba más cerca de ella, le lanzaba miradas furtivas de vez en cuando. No, ahora ya no las hacían así. Tenía incluso tacones altos.
La chica de la tienda se acercó.
—¿Puedo ayudarle, señor?
—No, gracias, sólo estoy mirando.
—Si hay algo que desee, hágamelo saber.
—Sí, claro.
Robert se acercó con disimulo al maniquí. No había ninguna etiqueta con el precio. Se preguntó si estaría a la venta. Volvió al estante de los discos, cogió un álbum barato y se lo compró a la chica”.
Entró al interior y se puso a mirar los discos. Ahora estaba más cerca de ella, le lanzaba miradas furtivas de vez en cuando. No, ahora ya no las hacían así. Tenía incluso tacones altos.
La chica de la tienda se acercó.
—¿Puedo ayudarle, señor?
—No, gracias, sólo estoy mirando.
—Si hay algo que desee, hágamelo saber.
—Sí, claro.
Robert se acercó con disimulo al maniquí. No había ninguna etiqueta con el precio. Se preguntó si estaría a la venta. Volvió al estante de los discos, cogió un álbum barato y se lo compró a la chica”.
Otro:
“Harry estaba allí sentado bebiendo cerveza.
Harry nunca había tenido una mujer, pero siempre estaba hablando de ellas.
Había algo enfermizo en Harry. Robert no puso mucho interés en la conversación
y Harry se fue pronto. Robert se dirigió hacia el armario y sacó a Stella.
—¡Tú, condenaba puta! —dijo—, me has estado engañando ¿eh?
Stella no contestó. Estaba allí, mirándole fría y tranquilamente. Le pegó una buena bofetada. Se podía caer el sol antes de que una mujer fuese por ahí engañando a Bob Wilkenson. Le pegó otra buena bofetada.
—¡Eres un maldito coño! Te fallarías a un niño de cuatro años si le pudieses poner la pililla dura ¿eh?
La abofeteó de nuevo, entonces la agarró y la besó. La besó una y otra vez. Entonces le metió las manos por debajo del vestido. Estaba bien formada, muy bien formada. Stella le recordaba a una profesora de álgebra que había tenido en bachillerato. Stella no llevaba bragas.
—Grandísima puta —le dijo—. ¿Quién se llevó tus bragas?”.
—¡Tú, condenaba puta! —dijo—, me has estado engañando ¿eh?
Stella no contestó. Estaba allí, mirándole fría y tranquilamente. Le pegó una buena bofetada. Se podía caer el sol antes de que una mujer fuese por ahí engañando a Bob Wilkenson. Le pegó otra buena bofetada.
—¡Eres un maldito coño! Te fallarías a un niño de cuatro años si le pudieses poner la pililla dura ¿eh?
La abofeteó de nuevo, entonces la agarró y la besó. La besó una y otra vez. Entonces le metió las manos por debajo del vestido. Estaba bien formada, muy bien formada. Stella le recordaba a una profesora de álgebra que había tenido en bachillerato. Stella no llevaba bragas.
—Grandísima puta —le dijo—. ¿Quién se llevó tus bragas?”.
En Internet encontré el fragmento
de un poema titulado Mi pantalón, de
un tal Saúl Schkolnik:
Mi pantalón
tiene dos piernas
igual que yo.
Se sienta cuando me siento,
¡qué atento!
Se para cuando me paro,
¡qué raro!
Camina cuando camino,
¡qué fino!
(…)[1]
Creo que cada uno tiene su
historia íntima con las cosas, sean prendas de vestir o artefactos.
Yo sólo les puedo decir que no novia, no tengo un gato, pero tengo mi tacita. Ojalá que no se ponga celosa del termo
morado.





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