Sacar belleza de este caos es virtud, ¿o no?
Gustavo Cerati
Ayer, plan de seis de la tarde, bajé en la estación Miguel
Grau del tren eléctrico. A diferencia de otros días, no llevaba mi mochila,
sino una guitarra eléctrica colgando de mi espalda. Los carros llegaban casi llenos
al semáforo, mientras el flujo de gente aumentaba con cada tren que arribaba a
su destino final. Ingenuamente, disfrutaba del efecto doppler de una sirena de
ambulancia y del final de uno de los últimos ocasos del año. Ingenuamente, me
acerqué a un microbús de la línea 16. Cuando intenté subir, el cobrador me hizo
el pare:
-Con esa vaina no, tío.
Claro. Viajamos en el transporte público más cómodo del
mundo, los cobradores no pueden permitir que el tío universitario impertinente
ponga en riesgo, con su vaina, el confort de los pasajeros. El bus estaba
lleno, hay que ser considerados. Di unos pasitos hacia atrás. De inmediato, vi
cómo mi sobrino dejó de bloquear la
puerta e hizo subir a cinco.
Me sentí discriminado. No cargaba un objeto de varios kilos,
no era una bolsa de mercado mayorista con olor a verduras ni un bebé, era una guitarra frágil que
con el mástil adherido a mi pecho no iba a fastidiar a nadie. El cobrador no me
dejó entrar, pero dejó que otras personas lo hagan. El asunto
es simple: la guitarra no paga pasaje.
No es un secreto que el tráfico y el transporte público de
Lima son, disculpe la expresión distinguido lector, una MIERDA que funciona más
por ingenio y por necesidad que por una estructura lógica. Funciona al champazo.
Consciente de la pérdida de tiempo y el daño biliar que es
renegar por estas contingencias de la vida limeña, me entretuve pensando en las
alternativas que tenía para movilizarme, mientras esperaba que las latas vengan
con menos sardinas, digo, que los micros vengan con menos gente.
Una opción era ir caminando. Una hora de la estación Miguel
Grau a la Universidad Católica. Lejitos. Decidí coger un micro hasta el cruce
de las avenidas Venezuela y Dueñas. De ahí me pasé a una 16. Gasté cincuenta céntimos más de lo normal. La china para la pirañita.
No soy un extraño para estas situaciones, a diario tengo que
convivir con vehí-culos repletos. No miento al decir que pierdo casi
veinte minutos esperando a que pase un carro medio lleno al paradero, porque medio vacío es imposible. En ese lapso transitan frente a mí más de cinco micros de la línea que hace la ruta hacia mi universidad, todos repletos. Igual, los
conductores, aprovechando el semáforo, se estacionan al lado de la pista y
recogen gente. La mayoría, al verlos, avanza hacia ellos como hormigas. Me ha
pasado que he seguido a las hormigas, contagiado de entusiasmo, de la ansiedad
del tener que llegar a tiempo. Me ha pasado
que he perseguido a la bendita puerta con el cobrador con medio cuerpo afuera. He
franqueado al micro, dando saltitos a su lado, esperando que al chofer se le
antoje parar. Me ha pasado que he sido el primero en la fila que yo creí que
estaba haciendo con el resto de usuarios del transporte público, y nunca, en
esas circunstancias, ha faltado la señora que, repentinamente, se ha plantado delante
de mí y me ha desplazado a una posición rezagada, mientras el resto de personas
que estaba a mis espaldas me ha recordado, al pasarme por encima, que hay pugna
por un espacio mínimo en el microbús de las siete de la mañana. No hay
sentimiento de otredad.
Pasado todo ese ajetreo, llego a la Católica para leer a Platón, hora y media después de haber salido de casa. Definitivamente, no soy el único estudiante
que pasa por estas cotidianeidades, ni seré el último.
¿Soluciones?
Tal vez la ubicación estratégica
de paraderos de taxis colectivos nos
aliviaría la vida a muchos. El taxi colectivo está prohibido por ley en esta
ciudad. Así como en Alemania, cuenta Ribeyro, una señora que atendía un quiosco
le cerró el vidrio en las narices cuando este le pidió que le fíe una cajetilla de
cigarrillos, en esta ciudad desconocemos de aceptar medidas ingeniosas y sencillas
para solucionar problemáticas que nos afectan. Quizá los alemanes desconocen el
fiado porque nunca han estado en la
necesidad de hambre como para pedirle al bodeguero un alimento que se pagará al
día siguiente, pero que vivamos en una ciudad subdesarrollada, donde convivimos
con un transporte público insatisfactorio, debería ser pretexto para unirnos y para
que nos ayudemos a llegar a nuestro destino. O sea, está prohibido el taxi
colectivo, pero no está prohibido que cuatro personas hagan una chanchita para pagar una carrera que las
acerque a sus lugares. Pero decía que aquí no hay sentimiento de otredad. ¿O
sí? Si Ribeyro resucitado les propusiese viajar juntos, ¿aceptarían?
Para finalizar, no es común que viaje con mi guitarra en
hora punta, pero el haberlo hecho hoy me afectó como para pensar en aquellas
personas que por trabajo, estudio o alguna necesidad tienen que movilizarse llevando
objetos considerables. ¿Cómo hacen? El transporte ha mejorado con El
Metropolitano y con La Línea Uno del Tren Eléctrico, pero si asumimos el rol de
impulsadores de soluciones para los inconvenientes del día a día ayudaríamos
tanto a la masa como a casos individuales. Así como la campaña para mejorar
trámites burocráticos con ideas de ciudadanos, tendría que haber otra que
premie salidas inteligentes para estas lamentables contingencias.
PD: Cuando tenga mi carro prometo que los llevaré a todos.



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